Y el corredor de las voces fue por una vez el corredor del silencio. Solo mis pasos horadando el vacío, marcando el ritmo del descenso, quebrando la quietud que todo lo rodeaba, que habitaba ese pasillo como una presencia viva, gigante, acaparando el espacio hasta que nada quedaba sino la paz, el silencio, todo destruido por el retumbar de mi avance.
Faltan las risas, los gritos, las conversaciones, la cacofonía de cuerdas haciendo vibrar las paredes, los tímpanos; nada queda, solo yo y mis voces.
Pero no, no las externas. No. Hablo de las mentales, esas que tratan de analizar, diseccionar, poner en perspectiva, reducir una experiencia a un mísero número. Sí, aunque no lo creas, cual si fuera una ecuación, extraer la incógnita: un número.
El bisturí mental escarbando, buscando la descripción precisa, "así no eres, ni con ese pelo lacio, esa sonrisa", como si las sensaciones fueran clasificables, se pudieran encasillar, organizar, esta en el primer anaquel, aquella arriba de todo que hay lugar y no la voy a necesitar en mucho tiempo.
¿Y luego que queda? Una vivencia desmenuzada, reducida a sus componentes básicos, sin el sabor de lo sensorial, solo palabras arrojadas al papel, al monitor o al viento. Y un número.
La mente elucubra, desmenuza, divaga. Pero llega un momento en que las vueltas se acaban, y ya no hay más corredores, no más recodos, no más rampas. Solo un portal que atravesar, y más allá otra vez están las voces, los ruidos, la multitud... y el silencio.
HerGus
jueves, 25 de marzo de 2010
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