miércoles, 30 de junio de 2010

Perdido

La oscuridad me rodea. La siento densa, pesada, casi como una presencia física que me envuelve. El frío se hace presa de mis huesos, la piel se tensa y los músculos se cristalizan debajo, dejando que el gélido abrazo penetre hasta mis órganos, logrando que el estómago se crispe, el corazón se endurezca y los pulmones quieran lanzar un grito que finalmente queda atrapado en el hielo que los inmoviliza.

Giro la cabeza y solo llego a distinguir sombras de sombras, objetos que apenas se adivinan por su contraste de negro contra negro. Cadáveres de ramas se cierran sobre mi cabeza, entrelazándose, dándose la mano como si quisieran rodearme, cubrirme con un manto de olvido, de piedad. En derredor percibo con algún sentido que podría ser la vista una serie de troncos verticales que bordean el sendero por el que ahora transito, avance que realizo más por instinto que por convicción o certeza. Mis pasos producen una orquesta de sonidos a medida que avanzo, entre crujidos y chasquidos que surgen desde abajo, aún cuando no percibo nada bajo mis pies.

Mientras camino surgen voces de la oscuridad, palabras que apenas llego a atrapar en contadas ocasiones. Las oigo avanzando junto a mí, o acercándose desde lejos para pasar a mi lado y perderse más allá. Son voces que no hablan conmigo, no existo para ellas. Voces que conversan, que discuten o simplemente hablan consigo mismas. Sin embargo no me asustan, acepto su presencia aunque me ignoren, aunque para ellas yo solo sea otra voz en la oscuridad.

Se preguntarán cómo llegué hasta aquí, qué hago en este paraje extraño. Ella fue la que me trajo. Cuando había abandonado toda esperanza, en ese momento en que me había conformado, o al menos pensaba que me había conformado, ella me encontró y me dijo "vení, seguime que yo conozco el camino". Y yo fui. Como tantas otras veces. La tomé de la mano y me dejé guiar. La luz que al principio brillaba sobre mí se fue apagando de a poco, pero seguí, confié, y ella me fue llevando. A medida que penetrábamos en el sendero las tinieblas se fueron cerrando sobre nosotros pero continué avanzando, bien aferrado a su mano porque me temía este desenlace, lo veía venir. Y efectivamente sucedió, pese a que la asía con fuerza, inevitablemente se empezó a escapar, sentí como sus dedos se deslizaban entre los míos, se convertían en arena que se escurría de mi mano, y al instante siguiente ya no estaba.

Se había ido, y yo estaba aquí otra vez, en este sendero rodeado de oscuridad. Y como tantas otras veces me puse a caminar, reanudé el avance guiado por el instinto, tratando de encontrar el camino de salida. Y escuché su risa alejándose, diciéndome que no me preocupe, que ya me iba a volver a agarrar y a guiarme por el camino que ella quisiera. Pero no, otra vez no va a pasar. Maldita seas, Ilusión, la próxima vez no me vas a atrapar tan fácilmente, te lo prometo.

Si al menos fuera una promesa que pudiera cumplir.

HerGus