Un contacto. Esa sensación de la piel contra la piel. Pero no hablo del toque brusco, de la mano horadando la espalda, el sudor, las lágrimas. No hablo del choque, de epidermis aplastadas una contra la otra, el calor de los cuerpos, el éxtasis. No. No hablo de eso. Hablo del toque sutil, del roce apenas perceptible, hormigas caminando por el cuerpo, escalofríos, electricidad que eriza, maratón en la nuca, un par de latidos de más. Hablo de esa sensación de que todo puede ser para siempre, atemporal, sobreviviendo al tiempo, o quizás fugazmente eterno, ese instante en que el entorno se difumina, los sonidos se toman un descanso, silencio, pausa, quietud, un momento congelado en la eternidad, escapado de ese tiempo que sigue su curso, isla, remanso, y en el medio dos seres escondidos del reloj, aislados de la vorágine que los rodea, ellos y la piel, el tacto, las hormigas. No pido mucho más.
Pero no. Ahí están las barreras. Capa sobre capa, barreras. Cien metros con vallas. Y alguna logra su objetivo: obstaculizar, detener, poner en perspectiva, concientizar, llevar a la reflexión, cómo se te ocurre. Allí se presentan, formadas en fila y tomando distancia. El deber, las instituciones, quizás la geografía, siempre la moral, ladrillo sobre ladrillo. Y esa maldita conciencia: no podés, no debés, está mal. Y por supuesto, la omnipresente incertidumbre.
Eso es todo, no hay nada más, queda lo que hay, alcanza lo que queda, y si no alcanza qué le vas a hacer, la cola para los reclamos es por allá pero ni te gastes, nunca avanza. Por lo tanto te conformás, pero es tan poco, apenas el contacto sin contacto, la interacción limitada, la formalidad, la ilusión, la duda que siempre está, que pasaría si no pero resulta que sí, y entonces qué. A seguir dándole para adelante que se acaba el mundo (2012 según los mayas). Pero es inevitable preguntarse, dejar que se forme el cruel planteo, la interrogante que lacera.
Si tan solo...
HerGus
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