Ironía del destino. El cuadro pintado con mano maestra, la paleta de brillantes colores, la simetría, las líneas que confluyen, coinciden, viajan paralelas, se cruzan, todo en aparente equilibrio, los trazos delicados, las suaves curvas, la concordancia plasmada al detalle, como preparado adrede, la armonía, la belleza, para colmo la belleza.
Porque también está la otra paleta, la que siempre asoma, se hace notar, no deja que la pase por alto, la de tonos ocres, oscuros, aciagos, omnipresente en su pertenencia al cuadro, porque es el anverso, el contraste, el obstáculo, la incertidumbre, todo fusionado en una misma imagen, en una gran representación, la masquerade, el teatro de luces y sombras, la vida.
Y ahí yace el desafío, la bofetada, la ironía. Las pruebas de que habla la iglesia, si las pasás vas al cielo, sino ya sabés. El mundo testeándote, diciéndote y ahora qué, acá tenés el cuadro, qué pensás hacer con él. ¿Acaso convertirte en eso que no querés ser, que te negás a ser, eso que fuiste, prestar oídos a la bestia interior, la de los cuernos y la cola? ¿Un ojo por ojo contra la vida, golpe por golpe, como los boxeadores, hasta que uno caiga primero?
O la resignación, el aceptar a la suerte o su ausencia. Seguir el camino correcto, el de las barreras, el del no debés y el no podés, el de la moral. Pensar en las variables, las consecuencias, las víctimas. Bajar la cabeza y seguir, ignorar el cuadro, los trazos, la simetría, simplemente seguir, el Niño Bueno (mira qué pobre amante), las orejeras, la simpleza.
El problema es, ¿qué pasa si uno prefiere lo complejo? ¿Si uno prefiere las hormigas? ¿Si uno prefiere el infierno?
HerGus
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El problema es que a veces lo correcto es bajar la cabeza, no siempre es lo correcto lo que uno quiere, por más que lo quiera...
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